No sólo el que se va, muere

abril 13, 2008 at 3:57 pm (Uncategorized)

La mañana es preciosa. El olor del fresco bosque me alimenta de energía. Parece que llevo buen ritmo, llegaré pronto. ¡Ojo! Se acerca “la curva”. Pedaleo por “la curva” con el gran respeto que siento hacia ella. Es una mala curva. A medio camino de superarla y por el carril opuesto, entra en escena una motocicleta y sus dos ocupantes. Parece haber perdido la trazada. Viene hacia mí. Varío mi trayectoria para liberarme de lo que hubiera podido suponerme un enorme impacto. Lo consigo. Ellos no.

El más horrible estruendo inunda mis oídos. Dirijo la mirada con el horror ya en mis sentidos. No es una pesadilla. Han colisionado de frente con la furgoneta que me seguía. Dos cuerpos tumbados. Inmóviles. Un hilo de miedo carmín brota de uno de los cascos y con rapidez cruza la carretera de lado a lado. Uno de los cuerpos se incorpora, mira a su compañero, novio, marido, hermano, amigo, quién sabe. No sé qué hay en esa mirada. Sólo sé que no la olvidaré nunca. Silencio dentro del pánico. Exclamo a los otros conductores para que se detengan. Llamo al 112 rogando ayuda. Ignoro cómo ser más efectivo. Me tiemblan las piernas. Mi corazón late con fuerza.

¿Qué más puedo hacer? ¿Donde está la ambulancia? La impaciencia nos embriaga a todos. La sangre nos asusta y nos tiñe los sentidos. ¿Dónde está la ambulancia? ¡Una sirena!, “¡todos fuera, dejad paso!”, grito con energía. La policía local. ¿Dónde esta la ambulancia? 20 minutos tarda la ambulancia. Estábamos a 3Km de Sant Pere de Ribes. No importa ahora. Ya están aquí y saben cómo arreglar esto.

Miro con esperanza a los profesionales que se lanzan sobre uno de los cuerpos. No me gusta lo que veo. Llega el helicóptero. No me gusta lo que veo. El paramédico le hace un gesto negativo con sus brazos al piloto. No hay nada que hacer, parece querer decir. Me pesa la cabeza. De mis ojos brotan tristeza y rabia.

El conductor de la furgoneta tiene la mirada perdida. De los ojos del buen hombre brota dolor. Me dice que se le han echado encima. Lo sé. A mi pesar, lo he visto todo. Le abrazo. Se echa a llorar.

Llamo a mi mujer. Le cuento con voz temblorosa. “Te quiero, dale un beso a la niña, nos vemos en un ratito”. La dorada manta térmica nos enmudece a todos ante nuestra impotente mirada. Mientras, el viento que la levanta nos recuerda esos 44 años que se han ido.

Delante de mis narices. En segundos. No he podido hacer nada. Algo ha muerto en mi hoy. Nunca olvidaré. Nunca.

Domingo 6 de Abril. 11:40 de la mañana. Se acabó el día para mí.

Nada más que decir.

Fuente: periódico La Vanguardia.

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