Vuelta a casa

agosto 18, 2008 at 1:58 pm (Estados de Ánimo)

Abro la puerta y un viento helado roza mi cara y hace ondear mi pelo, enredado por las esporádicas siestas en posición no muy correcta. Entre mi brazo derecho y mi costado sostengo un cojín. Siempre que puedo llevarlo en mis viajes, lo hago. Funda de color salmón que, en un arrebato artístico, fue decorada por mi abuela a punto de cruz, formando así un gato en el centro rodeado de las letras del abecedario. Es un sitio mullido en el que poder apoyar mis pies cuando duermo, costumbre bastante aplaudida por algunos médicos, los cuales dicen que eso fomenta una mejor circulación de la sangre. Este hábito comenzó cuando yo tan sólo tenía seis años y me rompí la tibia izquierda. A raíz de esto, me recomendaron tener siempre los pies en alto, incluso cuando durmiera. Tanto me gustó la idea que, diez años después, continúo usando el tan preciado cojín. Aunque, si he de ser sincera, la mitad de las veces acaba tirado por los suelos. Siempre me han dicho que soy una “culo inquieto”. Eso debe de ser, sí. Cuando se deshilacha del roce de mis pies, mi abuela me lo retoca de buena gana y otra vez como nuevo. Es lo bueno de tener una manitas en la familia. De mi espalda cuelga una mochila a cuadrados blanca y negra. Tanto es así, que cuando ando, va dando tumbos y cae una y otra vez donde la espalda pierde su buen nombre.

Me dispongo a bajar el par de escaleras de la caravana y, de un salto, piso el asfalto de la carretera que permite el acceso a mi calle. Llevaba doscientos sesenta kilómetros sin pisar suelo firme, desde que paramos a un paseo de Burgos, hacia las nueve de la noche, para cenar y hacer que mi padre descansase para el último tramo. Llevábamos ya recorridos unos setecientos kilómetros bastante largos, desde Poitiers, en Francia. Mi madre por entonces apostaba por la idea de quedarnos a pasar la noche. Yo, sin embargo, aunque caía en la cuenta de que mi padre estaba cansado, deseaba como lo que más llegar a mi casa y tirarme en mi cama para dormir, por fin, de un tirón. Levantarme a las tantas y en la noche, disfrutar de las fiestas locales.

Son casi las tres de la madrugada y sí. Ya he pisado Leganés. Y nada me gusta más como sentir que he vuelto a casa, después de casi dos semanas viajando por los Países Bajos y parte de Francia, sin mantener contacto con nadie que no fueran mis padres y algún que otro español perdido por esos lares. Conversaciones tipo: vengo de nosédónde y el GPS me dice que aquí hay un camping, pero nada de nada… o, si no: ¿buscas una chocolatería? Ahí en frente tienes una. Y nada disfruto más que conectarme al Messenger después de esos días, bonitos pero interminables, y encontrarme con que la gente -quien dice gente puede referirse a una o dos personas- me abre conversación para decirme que me ha echado de menos y que qué me cuento. Siempre reconforta saber que el sentimiento es recíproco.

De nuevo en casa.

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Verano, verano…

julio 17, 2008 at 12:00 pm (Estados de Ánimo)

La verdad es que me pongo a pensarlo y sí, este está siendo el mejor verano que he tenido nunca.

Cuando empezaron las vacaciones me temía un verano de estar en casa todo el día metida, medio depre pensando en cosas en las que no debería… las cuales me llevarían a rayarme y demás. Pero no. Me estoy dando cuenta de que hay varias cosas que me están favoreciendo en este verano: haber conocido a ciertos seres alcalaínos, llevarme tan bien con Tania y que hayan venido mis amigos de Valencia y mi amiga de Albacete. Pero no sólo hablemos de presencias, sino también de ausencias. Cosas de la vida han querido que este verano tenga relación nula -ni siquiera por Internet- con las personas que me putearon, como ya conté en otro post. Tengo quien me de alegrías, pero a la vez carezco de personas que me las quiten. Lo cojonudo es que yo ni me acuerdo de ellas -sólo para maldecirlas un rato y eso-, pero lo más seguro es que ellas sí se acuerden de mí… y me echen de menos.

Y estoy feliz, lo estoy. Y es que ni yo me lo creo… creo que mi nueva etapa comienza de putísima madre -y perdón por la expresión, pero no tengo otro modo de expresarlo-. Espero que la cosa vaya a mejor -si cabe- cuando comience en mi nuevo instituto. Uuuf…

Quizás mis últimos posts den la sensación de ser totalmente contrarios -y es que son así-, sólo espero no volver a tener otra actualización como la anterior.

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Ánimos nulos

julio 11, 2008 at 4:07 pm (Estados de Ánimo, Filosofadas caseras)

Llevo unos días que no sé qué me pasa. Me siento como desganada. Quizás podríamos llamarlo “bajón”, pero no creo que sea el término más adecuado, ya que triste no me siento. Simplemente me doy cuenta de que mi vida es monótona -aunque a veces hay que dar gracias a la monotonía-. Me doy cuenta de que no tengo motivos por los que levantarme cada mañana, no tengo un objetivo en mi vida -podría decir que sacarme una carrera bla, bla… pero no me refiero a ese tipo de meta-.

Todo el mundo desea ser feliz en la vida, pero eso es un objetivo demasiado abstracto… ¿qué es lo que realmente necesitamos para ser feliz? Un motivo por el que vivir… y no sentir que cada día pasa inexorablemente, porque tiene que pasar y punto. Ya que el tiempo no se para, no entiendo por qué no aprovecharlo.

Para mí la felicidad es encontrar un modo del que aprovechar tu vida… sin tener por qué pensar qué pasará mañana, sin sentirte vacío. Pero yo me siento así: vacía. Ahora sólo falta encontrar el modo de sentirme llena… y por lo tanto feliz. Sentir que has nacido por algo, para hacer algo. Sentir que eres útil a alguien, para cualquier tipo de finalidad, o simplemente le haces feliz con tu mera existencia.

Últimamente estoy meditabunda… debe de ser el calor, que me afecta. Sí. Debe de ser eso.

Ánimo y ganas de nada totalmente nulas. Esperando a que algo me los devuelva.

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